Por muchos es conocida la faceta política de Ernesto
Che
Guevara, el médico argentino que se convirtió en símbolo de la Cuba
comunista y en emblema de la izquierda revolucionara a nivel
internacional. Quizás está menos acreditada su relación con el balompié.
Gran apasionado del deporte, que practicó desde pequeño por
prescripción médica, el
Che Guevara mantuvo una relación
distante pero a la vez próxima con el balón. Más allá de su vinculación
personal con el fútbol su figura ha trascendido ligada a dicho deporte
hasta el punto ver plasmada su efigie en las camisetas de diversos
equipos suramericanos.
Ernesto Guevara durante su etapa como jugador de rugby (abajo con protector en la cabeza)
UN ASMÁTICO FORZADO A LA PRÁCTICA DEL DEPORTE
Nacido en Rosario, Santa Fe, en 1928 en el seno de una familia amante
de la naturaleza y el deporte, Ernesto Guevara pronto siguió los pasos
de sus padres. A los dos años sufrió un grave ataque de asma. Fue
entonces cuando los médicos le aconsejaron la práctica deportiva y un
cambio de aires. El destino fue Alta Gracia, localidad situada en la
Sierra Chica al sur de Córdoba a 400 km de Rosario, donde el aire fresco
permitió al joven
Chancho, como se le conocía por aquel
entonces, a apaciguar su dolencia pulmonar. En la sierra cordobesa se
aficionó al alpinismo, aunque en esa época también practicó la natación y
el ajedrez, no en vano años más tarde declaró: “el ajedrez es un
educador del racicionio”. Incluso llegó a ejercer como
caddie
dado que su familia vivía al lado del campo de golf local. En sus años
de formación escolar fue cuando se inició en el fútbol, jugando como
portero en el colegio durante los recreos. Lo cierto es que la afición
de Ernesto por el balompié vino propiciada por el entrenador de la
escuela de Bouer, Paco Díaz, un malagueño que había huido junto a su
familia republicana del drama de la Guerra Civil española. Fue el
técnico quién decidió que Ernesto ocupara la portería pensando que de
esta manera estaría más descansado y podría tener cerca su inhalador
Aspomul ante un eventual ataque de asma. Cuando sus padres descubrieron
que jugaba al fútbol e intentaron reprimir al técnico, éste les dijo:
“Tiene un carácter tan rebelde Ernestito, que no he podido negarle que
jugase en el equipo”.
Ernesto Guevara, a la derecha, posando junto a sus compañeros del Atalaya
A pesar de ello, si en algún deporte despuntó Ernesto Guevara fue,
sin duda, en el rugby. A los 14 años empezó a jugar en el club
Estudiantes de Córdoba donde trabó amistad con los hermanos Granados, de
hecho fue el mayor de ellos, Alberto, quién le aleccionó para lograr
ingresar en el equipo. En 1947, ya en Buenos Aires fichó por el San
Isidro Club, del que su padre fue fundador y su tío Martín Martínez
Castro presidente. Allí fue reserva hasta que se agravó su asma y fue
descartado. Jugó hasta los 23 años a pesar de las reticencias de su
tutor, que percibía al rugby como un deporte excesivamente rudo para un
asmático. “Viejo, me gusta el rugby. Y aunque reviente lo voy a seguir
practicando” fueron las palabras del joven Guevara a su progenitor. Tras
su paso por el San Isidro formo parte del Yporá Rugby Club y,
posteriormente, del Atalaya Polo Club. Jugó como tres cuartos y
compaginó la disputa de partidos con las tareas de redactor de la
revista semanal
Tackle, de la que fue uno de sus fundadores
junto a su hermano. Una experiencia como periodista que le llevó a
cubrir los Juegos Panamericanos celebrados en Méjico en 1955 como
corresponsal de la Agencia Latina.
portada del semanario argentino Tackle
UN HINCHA QUE NUNCA VIÓ A LOS CANALLAS
La relación de Ernesto Guevara con el fútbol también tiene su
vertiente como aficionado. De hecho la hinchada del Club Atlético
Rosario Central lo asume como uno de sus seguidores más célebres. Y ello
a pesar de que el
Che nunca residió en Rosario ni presenció un
partido del conjunto canalla. Según su biógrafo, Hugo Gambini, el líder
revolucionario jamás piso el Estadio Gigante de Arroyito pero se
declaró hincha rosarino como explica el periodista, “Leía las crónicas
deportivas para informarse sobre los campeonatos profesionales de fútbol
y como la mayoría de sus amigos eran adictos a los mismos clubes (Boca o
River) Ernesto quiso elegir uno distinto. Cuando descubrió la
existencia de Rosario Central, un club de la ciudad donde él había
nacido, adhirió fervorosamente a su divisa. A partir de ese instante le
encantó que le preguntaran ‘¿De qué cuadro sos?’, porque le daba la
oportunidad de responder con cierta altivez: ‘De Rosario, de Rosario
Central. Yo soy rosarino’. No tenía la menor idea sobre esa ciudad ni
había visto jamás a su equipo, pero él era rosarino y defendía su
identidad…” Algo similar hizo durante su estancia en Córdoba, donde en
lugar de seguir a clubes con mayor prestigio como Talleres o Belgrano,
Ernesto Guevara simpatizó con el Sportivo Alta Gracia, el modesto
conjunto local.

Enrique ‘Chueco’ García, El poeta de la zurda, toda un leyenda de Rosario Central y el culpable de la afición canalla del Che
En referencia a su predilección por Rosario Central, más allá de reafirmar con orgullo sus orígenes, el
Che se hizo hincha de la Academia rosarina por la admiración que sentía por uno de sus futbolistas, el Enrique
Chueco
García, ídolo de la afición canalla de aquella época. El poeta de la
zurda, como era conocido el citado extremo santafecino, por aquel
entonces encandilaba a la parroquia de Rosario con sus gambetas desde
que en 1933 fichara por el club canalla procedente de Unión Santa Fe.
Durante dos años formó una temible y recordada delantera junto a
Cagnotti, Guzmán, Potro y Gómez. Guevara también sucumbió a la magia de
un futbolista único, de un genio y figura. Aún recuerdan en Rosario
cuando en una ocasión tras marcar un golazo tras zafarse de cuatro
jugadores rivales volvió al círculo central arrastrando su bota
izquierda, cuando un compañero le preguntó ¿Por qué haces eso?, el
Chueco
le respondió: “Borro la jugada, para que no la copien”. En 1936 fue
traspasado a Racing dejando una huella imborrable entre la hinchada
rosarina.